Punto de encuentro de los descendientes de Fernando y María Eugenia, que empezaron siendo dos y ya van por los setenta.
22 septiembre 2008
Abuelo
18 septiembre 2008
Íñigo de Escayola
14 septiembre 2008
Chinchón - Caravaca en bici.
Era una idea viejísima que he ido posponiendo con los años, hasta que he pensado que ésta era mi última oportunidad: viajar desde Madrid (bueno, desde Chinchón, para evitar las M y el puerto que sube a Chinchón) hasta Caravaca. Así que, aprovechando unos días en que de mis cinco peplas había dos que estaban bien y otra medio bien, me dije, digo, dice: ¡ahora o nunca! Total, cinco días y 375 kms sin pisar una Nacional, yendo siempre por carreteras amarillas y verdes de escaso tráfico. Y con la gratísima compañía de Hugo y Dani, que me han ido animando con los típicos “¡venga, que tú puedes!” o “¡dale, que ya queda poco!” o “¡vas como un tiro!”, mientras me pegaban unas pasadas que ni os cuento, qué poco respeto tienen hoy los hijos a sus padres…
Hugo, calentando entre Villatobas y Lillo.
Dani, saludando entre los viñedos cercanos a Las Mesas. Como mochilero experto que es, fue el que menos peso cargó.
Laguna de Pedro Muñoz, con sus pajaricoooes. Y la Peregrina, mi máquina de tortura.
En la casa rural de Pozuelo. Obsérvense los platos de spaguetis que trasiegan mis hijos, ¡maeredelamolermoso...!
En Las Mesas tomamos el aperitivo con Mercedes, Diego y Rafael Chico, que acudieron desde Mota. Los más viejos aprovechamos para recordar los partidos de la Casa de Campo y otras vicisitudes.
Mi casaaaaaa....
Teorema de Sófocles: "Toda cuesta abajo siempre tiene una cuesta arriba del otro lao mucho más jodida", ¡cagüen!
Reponiendo fuerzas en un restaurante de La Puebla de Almoradiel.
Peñas de San Pedro (¡qué bonica que es mi burra!)
Hay que echar gasofa por doquier, si no no hay quien llegue...
Hugo y Dani por el camino paralelo al Segura, más allá de Las Minas.
Llegando a Cehegín, por la parte de allá.
Y la horchataza final frente al Templete, luciendo las camisetas que diseñó Hugo con motivo del evento.
Pues nada, que si queréis apuntaros alguno para la segunda marcha (el año que viene), ir haciéndolo ya, no se me aglomeren al final, que luego no quedan entradas.
(Más fotos del viaje, aquí)
(Y más, y mejores, las que hizo Hugo, aquí)
12 septiembre 2008
05 septiembre 2008
01 septiembre 2008
Dos de septiembre (cuento)

Fer era un niño situado en esa edad donde los sueños y las realidades se juntan o se separan, confusos, en el incierto horizonte de la fantasía.
Todas estas circunstancias contribuyeron a crear el clima propicio. En el camino de regreso a la casa de Fer, ya anochecido, alguien empezó a contar historias de lobos, de fantasmas, de aullidos nocturnos, de bufandas que golpeaban en la espalda de alguien que corría en bicicleta pensando que era el demonio que lo llamaba, y alguien empezó a hablar de una cueva mágica situada en lo alto del monte, mucho más arriba de la cabaña... Fer alucinaba ¿existían los fantasmas? ¿había animales feroces por aquellos montes? Y sobre todo... aquella cueva de la que tanto había oído hablar ¿existía realmente?... Él quería conocerla, pero nadie lo llevaba a enseñársela.
Había pasado mucho rato, la cuesta no terminaba, Fer estaba muy cansado, no veía el final del sendero que se perdía entre las sombras...
-Mierda - pensó (aunque Fer no decía tacos, a veces se le escapaba este término escatológico cuando estaba solo)- no me he traído nada para comer y este camino puede ser muy largo, ya casi no puedo con mi alma, si al menos me hubiera traído un caramelo para recuperar fuerzas...-
De pronto vio que, un poco más adelante, el camino se bifurcaba en dos, uno que continuaba ascendiendo hasta perderse en la oscuridad de la noche, y otro que bajaba ladera abajo, hacia lo que Fer pensó que podía ser un valle oscuro. Al llegar a la bifurcación, Fer se paró, indeciso ¿cuál de aquellos caminos debía tomar para llegar a la cueva? Los dos se hundían en la noche, pero el del valle parecía más fácil de recorrer, el otro no hacía más que trepar y trepar por el monte...
Y de repente.... ¡lo vio!
Al principio, para Fer sólo fue una sombra, sentada sobre una piedra que separaba los dos caminos. Fer se asustó, estuvo a punto de gritar (quizás hasta gritó), quiso darse la vuelta y salir escopetado hacia abajo, hacia su cama que aún debía de estar calentita... Pero, aunque se le vinieron a la memoria todas las historias de miedos y fantasmas y lobos y aullidos que le habían contado esa tarde, aquella sombra sólo transmitía paz. Poco a poco descubrió que la sombra era un hombre mayor, que miraba a Fer con una inmensa dulzura, a través de unos ojos pequeños y alegres como los suyos... Fer se le acercó, pasito a pasito, fascinado, hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para que pudiera coger la mano que el señor mayor le tendía. Así, cogidos de la mano, se miraron con la misma mirada, con los mismos ojos entornados, y sus mismas caras mofletudas se abrieron en una sonrisa única, como las dos caras de un espejo, casi iguales si no fuera por las arrugas que adornaban los ojillos del señor mayor.
A Fer se le pasaron todos sus miedos, aquella persona le inspiraba absoluta confianza. Sin soltarle la mano le preguntó:
- Esto... abuelo ¿cuál de estos dos caminos es el que lleva a la cueva misteriosa?-
El señor mayor lo miró sin dejar de sonreír y le señaló, levantando la cabeza y haciendo un gesto con su gran nariz, hacia el camino que subía por el monte.
-¡Puf! - dijo Fer - Pero ya llevo mucho rato caminando, estoy muy cansado, y ése camino tiene muchas cuestas, además, no me he traído nada para comer...-
El señor mayor metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó lentamente un caramelo mitad azul y mitad verde envuelto en un papel que era al revés, mitad verde y mitad azul. Se lo entregó a Fer quien, después de desliarlo, lo introdujo en su boca y empezó a chuparlo lentamente, mientras miraba el camino que debía seguir. El día empezaba a clarear, y en lo alto del monte se veía una estrella que Fer imaginó que le mostraba el lugar donde se encontraba la entrada de la cueva. Siguió chupando el caramelo, mirando aquella estrella, y notó que las fuerzas volvían a apoderarse de él. Sonrió una vez más, decidido a encontrar la cueva, seguro de que por fin lo iba a conseguir. Pero antes de continuar su camino, se volvió hacia el sitio donde estaba el señor mayor, quería agradecerle su ayuda.
-¡Gracias, abue...lo... ¿abuelo?-
El señor mayor ya no estaba allí, sólo quedaba la piedra sobre la que había estado sentado, y un intenso olor a romero.
Fer se encontró de nuevo solo, con un papel la mitad verde y la mitad azul en la mano, que se metió en el bolsillo para depositarlo en la primera papelera que encontrara, sus padres le habían dado muchas veces la paliza de que los papeles no se tiran al suelo y Fer, a veces, obedecía a sus padres. Pero en el monte no hay papeleras, por eso se lo echó al bolsillo y se olvidó de él. El día ya clareaba, el brillo de la estrella empezó a perderse, hundido en los rayos del amanecer, y Fer siguió subiendo el camino, feliz, confiado, lleno de fuerza....
.... hasta que lo despertó un rayo de sol que se colaba entre las cortinas de su dormitorio. Ya era dos de septiembre.
“Ha sido un sueño - pensó Fer -, un sueño muy bonito...”
Fer bostezó (dos veces, creo), se sentó en la cama, se puso su camiseta roja, su pantalón, y no pudo evitar rebuscar en el bolsillo de ese pantalón. Allí estaba, lo palpó, lo sacó... era el papel una mitad verde, la otra mitad azul del caramelo que le había dado aquel señor mayor en el monte....
Fer miró el papel, lo hizo crujir entre sus dedos regordetes, y lo volvió a meter en el bolsillo, con parsimonia, mientras guiñaba un ojillo sonriente al rayo de sol que se colaba por la ventana.

