Estas Navidades, en Mayrena, en la contraportada de un libro que por azar escogí para entretener las horas de “dulce no dar ni clavo”, me encontré con la foto que adjunto.

En ella estamos Eduardo y yo, él a la bandurria, yo a la guitarra, interpretando, o tal vez “ejecutando” el famoso pasacalles “Sebastopol”, única pieza que el guitarrista de la tierra Manuel Díaz Cano logró que tocáramos medianamente bien. Ello para mayor orgullo de nuestros padres que al escuchar las primeras notas, se miraban arrebolados, y con los ojos bañados en lágrimas se decían: “Ele, son nuestros niños, imparables…”.
Me dio mucha alegría encontrarla por dos motivos; el primero porque deja constancia de que el futuro socio de Garrigues, y eximio abogado, en su adolescencia, como cualquier chico de su edad, se agarraba al instrumento de forma muy profesional, y en segundo lugar porque por mucho que le he dado vueltas, jamás recuerdo a Eduardo, cantando sí, pero no agarrado a instrumento de cuerda alguno.
Documento único para la posteridad, ahí queda.
Pero después de un rato de contemplarla, me di cuenta que a esa foto le faltaba algo que tenía que estar por algún lado, y que por la razón que fuese, no aparecía. Tenía que saber que era, y me puse a pensar en ello hasta que, al fin, di con lo que le faltaba a la foto.
¿Lo habéis adivinado?. Noooooo!!, no es por ahí por donde hay que buscar…Os voy a desvelar el misterio, no sigáis dándole vueltas a la cabeza. Es sencillísimo.
La primera pregunta es: ¿Cómo es posible que de una familia tan melómana como la nuestra, sólo dos “maestros” apareciéramos en la foto dejando constancia de nuestro buen hacer y mejor “ejecutar”?
Segunda pregunta: ¿Como es posible que una familia que en los viajes de Madrid a Mayrena, a falta de radio, la pasáramos cantando, y siempre, al entrar en la provincia de Murcia, lo de la “Huerta del Segura”, lo oían hasta en Cieza, y en la foto no apareciera ni una sola “voz”?.
Tercera pregunta: ¿Qué hacen o do se encuentran, pues, los otros cinco “meinensigers”?.
Por las características de la foto; nuestra pinta; la ventana, hoy puerta de salida a la terraza de Quique, pienso que está tomada antes de la reforma de la casa, años 1954/55, y por tanto los siete hermanos teníamos, forzosamente, que estar allí.
Además en una familia como la nuestra, en la que los más melómanos se saben de memoria veinte Zarzuelas, incluyendo don Manolito, que ya es mérito, diez o doce Arias de Opera, y siete Oberturas, y los que menos hacemos nuestros pinitos con “Don Pasquale”, (Son novore….) y encima, en cuanto oímos a cualquier tenorino arrancarse con eso de “a beber a beber y apurarrrrr….” nos unimos al cante haciendo tantas y melodiosas voces como Sebastianes de Erice, rama don Fernando, se encuentren en ese mismo momento, era muy raro e incomprensible la ausencia de “ruiseñores” en la mencionada foto.
Me puse a cavilar, y pensando y deduciendo, llegué a las siguientes conclusiones:
El fotógrafo era Fernando, seguro, que aunque su voz no era de las más destacadas, cuando se trataba de animar nos barría a todos. Y lo mismo se arremangaba los pantalones hasta más arriba de las rodillas para entonar a coro eso de: “Colegio, colegio nido encantador…”; o se marcaba un solo con aquella de “Si una burra y una vaca y un caimán tienen canción….”; o ya en plena adoración de “Euterpe” -Musa de la Música-, lanzarse a cantar “La Salvaora” por Manolo Caracol. Tengo que admitir humildemente que, a falta de Lola Flores, servidora hacía de la “Salvaora”. Solamente Fernando se ponía trascendental cuando, pensando en una tal Carmen, entonaba, por lo bajini, la canción amorosa y de moda del momento: “La espinita”; “Suave que me estás matando que estás acabando con mi juventud….”.
La máquina, como veis de “un pijo” de definición, era una de esas llamadas de cajón, con rollito colorao, y tanta mella debió hacer en la mente del futuro Letrado, que sesenta años más tarde, aún sigue buscando una igual por todas las páginas “wes” del infoespacio.
¿Y Juan, dónde está Juan, dónde está la voz por excelencia, el del finísimo oído?, ¿por qué no se le ve entre Eduardo y yo, con su bandurria y bien con las cejas, o bien con la barbilla, dar la entrada exacta, ya a la letra, ya a la siguiente estrofa musical? Seguí pensando y llegué a la conclusión que estaba en el salón de al lado, sentado al mismo piano que tiene hoy en su casa, y entonando una canción cuya letra, más o menos decía así: “Agüita que va hacia el mar, atrás no puede volver, así es el cariño miooooo, cariñooooo, cariño...”, o un vals con letra inglesa, cuya letra por supuesto no recuerdo. El no lo sabía, pero todos estábamos al corriente de que cuando entonaba cualquiera de esas dos canciones (varias veces al día, of course), estaba pensando en una tal Marisina Mata, que era la que en aquellos momentos le tenía sorbido el seso, (con ese).
¿Y Diego, dónde estaba Diego? ¿Dónde estaba aquél que entre estudio y estudio de pinos, pinsapos, olmos, quercus, y otras hierbas, en el retrete de Velázquez, y solo, aprendió a tocar la guitarra eléctrica? “Oyess rocker, ¿cuántas pastillas tiene tu máquina? Ah, las mañanas del Price…Por algún sitio tenía que estar, y deduje que tal vez, en aquella época, al “rocker” no le había entrado todavía la afición por el estudio de los congéneres del “chochín” (chochín: ave paseriforme, de pequeño tamaño, pico recto y puntiagudo, cola estrecha y erecta, y dedos fuertes y armados de uñas ganchudas, y cuyo hábitat es Europa y África septentrional. Larousse tomo 6º), y tal vez estuviera echándole los tejos al de la Maritornes de turno.

¿Y el Rijas, donde se metía el Rijas, como no aparece haciendo cualquier gesto para hacernos descomponer la figura, o persiguiendo a Eugenio a base de : ”La tentación es el dedo…”? Quique estaba, no me cabe la menor duda, sentado donde Juan, atravesado en el sillón, piernas en un brazo, espalda en el otro, solucionando mentalmente un dificilísimo problema de no sé qué coño de bolitas blancas y negras, que estaban metidas en una bolsa, y había que sacar no sé cuantas para no sé qué, en no sé qué veces, para quedar como Dios... (Yo soy de letras) Es la mente matemática de la familia. La misma que años más tarde, aprovechando sus tardes libres, a la voz de “vamos a hacer un Programa”, y al dictado mío, parió, sobre la marcha, el más completo programa informático que un Agente de Aduanas hubiera podido soñar jamás.
Y por fin deduje que Eugenio, otra muy buena voz a tener en cuenta, estaría en algún rincón de la casa, dándole a unas baquetas imaginarias que manejaba con destreza, y cagándose en todo lo divino y humano, al ver que por enésima vez le habían vuelto a tocar las rabadillas de los pollos que habíamos comido al mediodía.
Como me imaginaba, ahí estábamos todos. Todo consistía en saber buscar.
Tal vez ese estar y no estar, ese saber que estáis aunque no se os vea, sea lo que el Jefe llamaba la piña, y que hace que nos mantengamos juntos a pesar de las distancias que puedan separarnos, y el no estar en todas las fotos.
Me gustaría que esa imaginaria guitarra con cuyas notas todos hemos cantado alguna vez, la mantuviéramos siempre bien afinada, y no dejáramos que por alguna bobada, alguna de las cuerdas se desafinara. Y si eso ocurriera, acudir rápido a apretar la clavija, para no dejar que durante mucho tiempo la cuerda permaneciese desafinada. Una cuerda destensada, al cabo del tiempo, no suena. Y todas las cuerdas, de la prima al bordón, son importantes.
Familia, lo siento, al final me ha salido el Fray Erice, rama Don Fernando, que todos llevamos dentro.
Y por añadidura, la edad, además de darme el derecho de ser impertinente, me da también el de poder cantaros, con las ocho voces que represento, sin rubor y desde el fondo del alma, eso que dice: ¡¡FAMILIA OS QUEREMOS!! El que desee unirse a este octeto, verá que aunque no se le vea en la foto, se sentirá feliz y contento por no sentirse jamás solo. Familia, id en paz (madre, este final me parece un tanto demasié ¿no?.......Ah bueno).
Hasta siempre,
Pedro.